jueves, 19 de marzo de 2015

Capítulo 3

-¡Hola! Soy Liv ¡Oh, Dios! Me acabo de enamorar de tu chaqueta. ¿Sabes? Iba a comprarme una igual el verano pasado pero opte por una naranja oscuro. Deberías comprarte una de ese tono, resaltaría mucho tu tono de piel.
Una chica de grandes ojos verdes y pelo oscuro me miraba sonriente inclinada sobre mi mesa mientras acariciaba mi chaqueta azul terciopelo.
-Emm… gracias, soy Hannah.- me levanté y en dos segundos tenía a mi compañera colgada del brazo como si fuésemos amigas de toda la vida.
-Vamos, te encantará conocer a los demás, están todos en la cafetería esperándonos.-Antes de que pudiese articular palabra, Liv volvió al ataque.-Tengo que ponerte al día, ¿Tienes novio? Bueno, da igual, seguro que te encantarán los chicos de aquí, aunque James anoche le pidió salir a Jessica. Es una pena que no nos hayamos conocido antes, pegáis un montón, ya lo verás…

Llegamos a la cafetería. Nos pusimos a la cola y tras pagar nuestras respectivas manzanas y botellas de agua nos dirigimos a la mesa abarrotada situada al fondo de la amplia sala.
 -¡Chicos! Os presento a Hannah. No me la asustéis que ha llegado nueva a la cuidad, ¿okey?

Sentí diez pares de ojos observándome con detenimiento y comencé a ponerme roja por segunda vez esa misma mañana. Me senté entre Liv y una chica rubia de pómulos prominentes y mejillas surcadas por miles de pecas. Sonrío al verme tan tímida y se presentó. Se llamaba Lena y estaba en el grupo de danza del instituto. Descubrimos que vivamos a tres calles de distancia y se ofreció a llevarme los primeros meses hasta que consiguiese un coche en condiciones.
El reloj marcaba menos diez. Aún tenía que pasar a recoger mis libros de las tres últimas horas de la taquilla y encaminarme hacia el aula de matemáticas. Despedí a mis nuevos amigos con la mano y salí de la cafetería.
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Terminé la jornada y recorrí a pie el camino de regreso. Abrí la puerta de casa, lancé la mochila que aterrizó en el sofá y dando un portazo me dirigí hacia la casa de mi vecino.
Levanté la maceta y cogí la llave que Luca siempre dejaba escondida cuando sabía que iba a ir a visitarlo. Entré y me encaminé hacia el sótano. Bajé las polvorientas y resbaladizas escaleras, por las cuales me caí hace dos años y me partí una ceja. Me apoye en la pared a mirar la cómica escena: Luca sin camiseta estaba colgado de la barra del techo y subía y baja contrayendo los músculos de los brazos mientras Nora saltaba sobre él e intentaba morder y tirar del bajo de sus pantalones. Ambos parecían no notar mi presencia por lo que me quedé durante unos minutos más mirando.
Nora cada vez más agarraba con más fuerza el bajo de los pantalones de Luca. Entonces en una de estas, Nora tiró con fuerza bajándole los pantalones a Luca. Este empezó a chillar y yo no pude contener la risa y me reí a carcajada limpia restregándome por la pared. La perra se acercó y tras lamerme la cara subió a la cocina a buscar su comida.
-Eh cabrona, la gente cuando entra a casas ajenas saluda
-Bonitos calzoncillos.-logré decir entre risas.
-Siempre tan graciosa…- Cogió una toalla y tras enjaguarse el sudor del pecho me la lanzó a la cara.
-¡Queee aaaascoooo!- chille y tirando la toalla al suelo subí corriendo las escaleras.- Que te quedé claro que no vengo a ver tu demostración de machito. Puede que tengas a todas las vecinas en un radio de cuatro manzanas babeando cada vez que sales a hacer footing pero créeme, a mí no me impresionas.
Busqué la correa de Nora y abrí la puerta de la casa dejando salir a la perra lista para nuestro paseo.
-Ah, por cierto.- Le lancé una moneda de dos euros.-Cómprate unos calzoncillos nuevos para las visitas, esos tienen mirilla.

Capítulo 2

Desperté sobresaltada y miré el reloj pero los números fosforitos no indicaban la hora que esperaba ver.
¡Joder! Me había quedado dormida. Me levanté de golpe, agarré los vaqueros y una camiseta blanca de tirantes. No tenía tiempo de arreglarme un poco el pelo así que me hice una coleta, me puse el flequillo en su sitio y baje de dos en dos los escalones del piso de arriba. En la mesa descansaba un trozo de papel con la letra de mi madre:

Cariño,
 He llevado a tus hermanos al colegio. Siento no poder llevarte en coche, puedes ir andando, no está tan lejos.
Acuérdate de sonreír, tus compañeros no muerden.
Mamá te quiere.

¡Qué no está lejos! 3 kilómetros, ¿y no esta lejos?  Ya era oficial: Mi madre está completamente loca.
Por suerte, en ese mismo instante, vi a mi vecino saliendo por la puerta de la casa de enfrente y me precipité hacia el exterior.
-¡Luca!
-¡Ey!- confuso  se rascó la cabeza mientras se acercaba por el camino de gabrilla. –Oye, ¿Tú no deberías estar en el instituto?
-Verás, es que me he quedado dormida y…- Hice un mohín de súplica.
-Bueeeeeeeeeno, te llevo en mi coche pero mañana sacas tú a pasear a Nola y no acepto un no por respuesta.
-Yuhuuuu! Eres el mejor.-me acerqué y le plante un beso en la mejilla.

Los padres de Luca se mudaron al barrio cuando él apenas era un bebé. Años más tarde cuando yo nací, Luca pasaba las tardes en mi casa observándome llorar y dormir hasta que fui lo suficiente mayor como para corretear torpemente por el jardín de casa, entonces traía sus coches de juguete queriendo jugar conmigo aunque yo siempre me los llevaba a la boca y los babeaba. Digamos que le hice una limpieza excelente a sus coches de juguete.
Monte en su coche y me puse el cinturón lista para mi “oficial” primer día de instituto.

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Me despedí de Luca en el aparcamiento del instituto y me puse en marcha apurando los dos minutos que me quedaban antes de que el timbre sonara. Saqué el horario de la mochila y las llaves cayeron al suelo. Oí unas risitas a mi espalda y al girarme vi a un grupito de chicas que me miraban divertidas.
<<Idiotas>>
Hay cosas que no cambian.

Me resigné y entré en clase justo antes de que el profesor cerrase la puerta dándole en las narices a un par de chicos que iban unos metros por detrás de mí. Por suerte quedaba un sitio al fondo del aula. Vale, ya que soy la nueva y no voy a poder evitar ser objeto de miradas durante los primeros días, cuanto más atrás me siente menos gente tendré mirándome. Prácticamente me lance corriendo  hacia el pupitre como si me fuera la vida en ello y con las prisas no caí en la cuenta de lo resbaladizas que son las malditas baldosas de los institutos. Me deslicé pegándome un golpe en la espinilla con la pata de la mesa y el dolor me ascendió por toda la pierna. El escándalo que monte fue tan grande que el profesor paró la clase.
-Señorita…- el profesor me lanzo una mirada fría mientras el resto de la clase se giraba hacia mí.
-Hannah. Hannah Dawson
-Por favor, todos los que estamos aquí sabemos que usted es nueva. No hace falta que se exhiba más de lo necesario. Siéntese y no monte más espectáculos.
 No pude hacer otra cosa que hundirme literalmente en mi silla e intentar esconder mis mejillas que comenzaban a arder mientras escuchaba las risitas de mis compañeros. Tras dos eternos minutos, reuní el valor y levanté la cabeza. Por suerte la gente parecía haber olvidado el episodio de la nueva patosa. Me incorporé y mi mirada se cruzó con la de un chico que sentado varios sitios por delante me miraba con curiosidad.
<<Lo que me faltaba...>>
Le ignoré hasta que se cansó de mirarme y se centró de nuevo en la clase.
Por fin algo de paz.
Saqué un par de folios dispuesta a atender los próximos cincuenta minutos.

Capítulo 1

El reloj dio las doce. Cogí mi capuchino y me dirigí maldiciendo hacia la salida de aquella polvorienta cafetería. Llevaba una semana y media temiendo este momento y había llegado más pronto de lo que me hubiese gustado.
Me arme de valor y comencé a caminar hacia mi infierno particular. Dirigirse hacia la presentación de  primero de bachillerato sin conocer a absolutamente a nadie era tan poco apetecible como tragarse esos jarabes tan asquerosos que pretenden curarte la tos pero te dejan un sabor amargo en la garganta durante la próxima media hora.
Respiré hondo tres veces, y giré la esquina de la calle. <<Ánimo, Hannah>> me dije a mi misma.

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Me quité las zapatillas con solo un movimiento de pie y me tumbé en la cama a llorar. El día no había sido tan malo como esperaba. Había sido muchísimo peor. No quise hablar con nadie ni incluso cuando mi madre se ofreció a ver conmigo mi película favorita.  Me sentía un bicho raro entre tanta gente y solo habían sido unos pocos minutos.
Al rato me quedé dormida abrazada a la almohada.
Mañana iba a acabar destrozada.
 En todos los sentidos posible.

Epílogo

Llegaba tarde. Corría y corría pero el reloj avanzaba demasiado rápido. El pasillo parecía que no terminaba nunca. Cada vez que habría una perta, me encontraba una pared negra. Una puerta me llamó la atención, un halo de luz salía por la rendija de debajo. Abrí la puerta, esa si era mi clase. Entré en el aula agotada. Sonaba el timbre que daba comienzo la hora de historia pero nadie me veía, nadie me miraba. No tenía un sitio libre.
Exhausta emití un grito de desesperación, pero quedó ahogado en la explicación del profesor. Me giré para salir cuando reparé en que alguien me estaba mirando. Ese chico sí que me había oído. Me dedico una sonrisa torcida.