jueves, 19 de marzo de 2015

Capítulo 2

Desperté sobresaltada y miré el reloj pero los números fosforitos no indicaban la hora que esperaba ver.
¡Joder! Me había quedado dormida. Me levanté de golpe, agarré los vaqueros y una camiseta blanca de tirantes. No tenía tiempo de arreglarme un poco el pelo así que me hice una coleta, me puse el flequillo en su sitio y baje de dos en dos los escalones del piso de arriba. En la mesa descansaba un trozo de papel con la letra de mi madre:

Cariño,
 He llevado a tus hermanos al colegio. Siento no poder llevarte en coche, puedes ir andando, no está tan lejos.
Acuérdate de sonreír, tus compañeros no muerden.
Mamá te quiere.

¡Qué no está lejos! 3 kilómetros, ¿y no esta lejos?  Ya era oficial: Mi madre está completamente loca.
Por suerte, en ese mismo instante, vi a mi vecino saliendo por la puerta de la casa de enfrente y me precipité hacia el exterior.
-¡Luca!
-¡Ey!- confuso  se rascó la cabeza mientras se acercaba por el camino de gabrilla. –Oye, ¿Tú no deberías estar en el instituto?
-Verás, es que me he quedado dormida y…- Hice un mohín de súplica.
-Bueeeeeeeeeno, te llevo en mi coche pero mañana sacas tú a pasear a Nola y no acepto un no por respuesta.
-Yuhuuuu! Eres el mejor.-me acerqué y le plante un beso en la mejilla.

Los padres de Luca se mudaron al barrio cuando él apenas era un bebé. Años más tarde cuando yo nací, Luca pasaba las tardes en mi casa observándome llorar y dormir hasta que fui lo suficiente mayor como para corretear torpemente por el jardín de casa, entonces traía sus coches de juguete queriendo jugar conmigo aunque yo siempre me los llevaba a la boca y los babeaba. Digamos que le hice una limpieza excelente a sus coches de juguete.
Monte en su coche y me puse el cinturón lista para mi “oficial” primer día de instituto.

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Me despedí de Luca en el aparcamiento del instituto y me puse en marcha apurando los dos minutos que me quedaban antes de que el timbre sonara. Saqué el horario de la mochila y las llaves cayeron al suelo. Oí unas risitas a mi espalda y al girarme vi a un grupito de chicas que me miraban divertidas.
<<Idiotas>>
Hay cosas que no cambian.

Me resigné y entré en clase justo antes de que el profesor cerrase la puerta dándole en las narices a un par de chicos que iban unos metros por detrás de mí. Por suerte quedaba un sitio al fondo del aula. Vale, ya que soy la nueva y no voy a poder evitar ser objeto de miradas durante los primeros días, cuanto más atrás me siente menos gente tendré mirándome. Prácticamente me lance corriendo  hacia el pupitre como si me fuera la vida en ello y con las prisas no caí en la cuenta de lo resbaladizas que son las malditas baldosas de los institutos. Me deslicé pegándome un golpe en la espinilla con la pata de la mesa y el dolor me ascendió por toda la pierna. El escándalo que monte fue tan grande que el profesor paró la clase.
-Señorita…- el profesor me lanzo una mirada fría mientras el resto de la clase se giraba hacia mí.
-Hannah. Hannah Dawson
-Por favor, todos los que estamos aquí sabemos que usted es nueva. No hace falta que se exhiba más de lo necesario. Siéntese y no monte más espectáculos.
 No pude hacer otra cosa que hundirme literalmente en mi silla e intentar esconder mis mejillas que comenzaban a arder mientras escuchaba las risitas de mis compañeros. Tras dos eternos minutos, reuní el valor y levanté la cabeza. Por suerte la gente parecía haber olvidado el episodio de la nueva patosa. Me incorporé y mi mirada se cruzó con la de un chico que sentado varios sitios por delante me miraba con curiosidad.
<<Lo que me faltaba...>>
Le ignoré hasta que se cansó de mirarme y se centró de nuevo en la clase.
Por fin algo de paz.
Saqué un par de folios dispuesta a atender los próximos cincuenta minutos.

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