¡Joder! Me había quedado dormida. Me levanté de golpe,
agarré los vaqueros y una camiseta blanca de tirantes. No tenía tiempo de
arreglarme un poco el pelo así que me hice una coleta, me puse el flequillo en
su sitio y baje de dos en dos los escalones del piso de arriba. En la mesa
descansaba un trozo de papel con la letra de mi madre:
Cariño,
He llevado a tus
hermanos al colegio. Siento no poder llevarte en coche, puedes ir andando, no
está tan lejos.
Acuérdate de sonreír, tus compañeros no muerden.
Mamá te quiere.
¡Qué no está lejos! 3 kilómetros, ¿y no esta lejos? Ya era oficial: Mi madre está completamente
loca.
Por suerte, en ese mismo instante, vi a mi vecino saliendo
por la puerta de la casa de enfrente y me precipité hacia el exterior.
-¡Luca!
-¡Ey!- confuso se
rascó la cabeza mientras se acercaba por el camino de gabrilla. –Oye, ¿Tú no
deberías estar en el instituto?
-Verás, es que me he quedado dormida y…- Hice un mohín de
súplica.
-Bueeeeeeeeeno, te llevo en mi coche pero mañana sacas tú a
pasear a Nola y no acepto un no por respuesta.
-Yuhuuuu! Eres el mejor.-me acerqué y le plante un beso en
la mejilla.
Los padres de Luca se mudaron al barrio cuando él apenas era un bebé. Años más tarde cuando yo nací, Luca pasaba las tardes en mi casa observándome llorar y dormir hasta que fui lo suficiente mayor como para corretear torpemente por el jardín de casa, entonces traía sus coches de juguete queriendo jugar conmigo aunque yo siempre me los llevaba a la boca y los babeaba. Digamos que le hice una limpieza excelente a sus coches de juguete.
Monte en su coche y me puse el cinturón lista para mi
“oficial” primer día de instituto.
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Me despedí de Luca en el aparcamiento del instituto y me
puse en marcha apurando los dos minutos que me quedaban antes de que el timbre
sonara. Saqué el horario de la mochila y las llaves cayeron al suelo. Oí unas
risitas a mi espalda y al girarme vi a un grupito de chicas que me miraban
divertidas.
<<Idiotas>>
Hay cosas que no cambian.
Me resigné y entré en clase justo antes de que el profesor
cerrase la puerta dándole en las narices a un par de chicos que iban unos
metros por detrás de mí. Por suerte quedaba un sitio al fondo del aula. Vale, ya
que soy la nueva y no voy a poder evitar ser objeto de miradas durante los
primeros días, cuanto más atrás me siente menos gente tendré mirándome.
Prácticamente me lance corriendo hacia
el pupitre como si me fuera la vida en ello y con las prisas no caí en la
cuenta de lo resbaladizas que son las malditas baldosas de los institutos. Me
deslicé pegándome un golpe en la espinilla con la pata de la mesa y el dolor me
ascendió por toda la pierna. El escándalo que monte fue tan grande que el
profesor paró la clase.
-Señorita…- el profesor me lanzo una mirada fría mientras el
resto de la clase se giraba hacia mí.
-Hannah. Hannah Dawson
-Por favor, todos los que estamos aquí sabemos que usted es
nueva. No hace falta que se exhiba más de lo necesario. Siéntese y no monte más
espectáculos.
No pude hacer otra
cosa que hundirme literalmente en mi silla e intentar esconder mis mejillas que
comenzaban a arder mientras escuchaba las risitas de mis compañeros. Tras dos
eternos minutos, reuní el valor y levanté la cabeza. Por suerte la gente
parecía haber olvidado el episodio de la nueva patosa. Me incorporé y mi mirada
se cruzó con la de un chico que sentado varios sitios por delante me miraba con
curiosidad.
<<Lo que me faltaba...>>
Le ignoré hasta que se cansó de mirarme y se centró de nuevo
en la clase.
Por fin algo de paz.
Saqué un par de folios dispuesta a atender los próximos
cincuenta minutos.
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