Llegaba tarde. Corría
y corría pero el reloj avanzaba demasiado rápido. El pasillo parecía que no
terminaba nunca. Cada vez que habría una perta, me encontraba una pared negra.
Una puerta me llamó la atención, un halo de luz salía por la rendija de debajo.
Abrí la puerta, esa si era mi clase. Entré en el aula agotada. Sonaba el timbre que daba comienzo la hora de
historia pero nadie me veía, nadie me miraba. No tenía un sitio libre.
Exhausta emití un
grito de desesperación, pero quedó ahogado en la explicación del profesor. Me
giré para salir cuando reparé en que alguien me estaba mirando. Ese chico sí
que me había oído. Me dedico una sonrisa torcida.
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